Biblioteca Becquer

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Con esta obra nace un nuevo superhéroe, El Redentor. Un superhéroe con influencias del arte barroco y la cultura gótica, que se desarrolla en la ciudad de Madrid y cuya atormentada historia nos sumerge en un drama eterno y universal de amor, espadas, oscuridad y poesía.

El Redentor está llamado a ocupar, si los lectores lo permiten, un lugar en la cultura popular y en el alma de todos los que aman las grandes historias y los héroes de leyenda.

Esperando que les guste...

A. Yudith - Correctora y editora de la obra – La Biblioteca de Bécquer.

El Redentor

de Miguel Ángel F.G

Madrid
Año 2010

I

Una vela alumbra el desván de la Plaza Mayor. Una figura que una vez fue un hombre lee la Biblia. Está solo. Vive solo. Desde hace siglos la soledad y su espada toledana son sus compañeras. Lee la Biblia. A veces coge sus viejos códices roídos y recita versos de San Juan de la Cruz, Jorge Manrique o Garcilaso de la Vega. Cuando el día brilla camina despacio por el Cementerio de San Justo. Cuando cae la lluvia deambula solitario hasta la Biblioteca Nacional y sentado en un banco pasa las horas royendo su culpa, en silencio. Las imágenes y la oración le calman.

¿Te han sido reveladas las puertas de la muerte?
¿Has visto las puertas de la densa oscuridad?
¿Has reflexionado acerca de la amplitud de la Tierra?
¡Decláralo si sabes todo esto!
¿Dónde esta el camino hacia la morada de la luz?
¿Y dónde está el lugar de las tinieblas,
para que las hagas retroceder a su territorio
y para que disciernas el camino a su morada?
Tu lo debes saber,
porque entonces ya habías nacido
y es muy grande el numero de tus días.

Job 38:17-21

Lee la Biblia y recuerda el pasado, en el año 1581 cuando aún era solo un hombre y pasaba los días entre bodegas, rufianes y mentideros. Cuando atravesó el cuerpo de su hermano por unas tierras. Cuando la sangre de su estirpe manchó su espada y atormentado por la culpa, por el asco, corrió una noche por los llanos que rodeaban Madrid y se lanzó furioso al vacío desde una peña, cayendo sobre la dura piedra. Está inmóvil, mirando el cielo. La sangre nubla su vista. Entre las sombras de la muerte le parece ver un ángel que le habla.

No morirás Hijo de Caín...salvarás almas para tu Señor hasta que pagues tu pena.

Jamás olvidará aquella voz, aquellas palabras.

Cuando llegan las visiones su cabeza se revuelve de dolor. Las imágenes se clavan en su mente como espinas y le indican penosamente cual es su siguiente objetivo, donde encontrarle y cual es su pecado. Les ve asesinando, robando, violando y traficando. Ve números de calles, carreteras que debe seguir y caras grotescas de vidas malditas. Entonces se pone en camino y nada puede detenerle. Los puñales no pueden matarle aun cuando le atraviesan. Las balas siempre son detenidas y desviadas por el filo de su espada ropera y siempre hiere de noche, cuando las sombras cubren el mundo. Una sombra entre las sombras.

Esta noche las visiones hablan de un alijo de droga. Él, que tantos siglos ha visto, aborrece las sustancias con las que los hombres se alejan de la vida para abrazar una falsa esperanza de poder. El único poder es la bondad de Dios y se engaña, se pierde a si mismo, quien no lo entienda. Esta noche las visiones hablan de un hombre trajeado, sentado en una lujosa habitación, es una gran casa que revienta de droga, una mansión quizás...aparece entonces una calle y un número. Esconde la espada ropera de cazoleta plateada en su levita y saltando desde el balcón del desván, alcanza el empedrado de la Plaza Mayor. Está en camino Una noche más. Un siglo más. Lleva una pequeña Biblia consigo.

El señor es mi pastor, nada puede turbarme.

Una sombra entre sombras. Viste levita gris, camisa gris, pantalones grises, zapatos negros y negra alma. Dicen que en la profundidad de sus ojos pueden verse las llamas del infierno. Hay quien dice haberle visto batirse en duelo con el mismo Satanás en los tejados del viejo Madrid y quien dice conocerle o darle refugio. En todo caso, las gentes le han dado en llamar el Redentor y quizás ese sea el único gesto de amor, de humanidad, que le está permitido.

Se aleja de la Plaza Mayor. Ha visto esta ciudad a lo largo de cuatro siglos. La conoce como si fuese su alma. Conoce esa mansión y camina hacia ella. De tejado en tejado, de calle en calle. Algunos le miran, otros le ignoran. Borrachos, bohemios, prostitutas y nocturnos. Las luces de comercios parpadean. Se escucha el tráfico lejano.

Ante la mansión, una verja de hierro. Una patada y la verja de hierro cede y se retuerce en el aire. Camina hacia la mansión. Dos perros de ojos rojizos cabalgan rabiosos hacia él. Cuando están a unos metros, los mira fijamente y los canes sienten el miedo por primera vez en sus vidas y aullando lastimosamente retroceden. Forzando una ventana accede al lugar. Está oscuro. Camina despacio. Recorre pasillos y escaleras hasta llegar a una gran sala en penumbra, donde dos hombres ven TV y fuman. Sale de entre las sombras aún cuando nadie le vio entrar. A ninguno de los sicarios le da tiempo a sacar su arma. La espada relampaguea y la sangre corre. No están muertos, solo heridos. Los sicarios caen al suelo. Una gran puerta de madera tallada le separa de su objetivo. La abre lentamente. Todos le miran y se preguntan quien demonios es. Hay montones de polvo blanco en las mesas. Un sicario saca la pistola y descarga feroz. Todas las balas se encuentran con la toledana y sin mas cargadores el sicario está sentenciado. La espada vuela y corta la mano. Ya no apretará más gatillos. Otro sicario se lanza hacia él. Es enorme, como un demonio de grasa. La embestida le lanza, rompiendo el muro de madera. Sus huesos crujen. El demonio carga de nuevo pero esta vez se encuentra con una patada en la cara que le obliga a morderse su propia lengua, a seccionarla. La sangre mana abundante de su boca y cae el suelo retorciéndose. Un cuchillo silba en el aire y se clava en su espalda. Por un momento el dolor le puede y se arrodilla pero pronto se yergue de nuevo. Una cicatriz mas. Una de cientos de cicatrices que marcan su cuerpo. El sicario no puede creerlo pero le es igual. La fe no es su fuerte y lanza un segundo cuchillo que él esquiva. Con un salto le asesta un golpe seco en el cuello y el sicario cae al suelo.
Solo queda el traficante. Un tipo con cara de alguien que se cree muy listo pero que no sabe nada. Eligió un mal camino. Se creyó por encima de su Creador y ahora va a pagar.

Deus vult...Dios lo quiere

- Te encontrarán y te harán mucho daño – dice el traficante.

- No puedes quitarme nada que no quiera – responde secamente.

- ¿Vas a matarme?

- Llamas vida a lo que tienes. Dejaste de existir el día que empezaste a vender esa mierda blanca. Pero no lo sabes. No reconocerías a tu Creador ni aunque te pisase la cabeza. No entenderías de que va todo esto aunque leyeras la Biblia mil veces.

- ¿La Biblia?...pero que coño hablas. No eres mas que un pirado que...

... pero no termina la frase. El filo se hunde en su corazón y su mirada se petrifica. No morirá porque ya estaba muerto. La espada limpiará el alma corrupta del miserable y le hace ver a su Señor. Otra alma salvada. Cuando despierte, no quedará en él rastro de pecado ni corrupción. Será un buen cristiano. Un hijo de Dios.

Él guarda la espada en su levita y se marcha.

Cuantas almas ha salvado. Solo Dios lo sabe y solo ÉL le concederá descanso algún día, algún día....se repite a si mismo.

De camino a su desván hace un alto en el tejado de Lucía y deja una rosa en su ventana. No puede amar pero puede alegrar el día de esa hermosa muchacha a la que observa cada mañana peinarse. Ella le deja notas a su desconocido admirador pero él nunca las recoge.

Se acerca el alba. En los titulares hablan de una mansión asaltada por un desconocido y de un mecenas anónimo que ha donado su fortuna a un albergue para mendigos.

II

Aquella mañana de 1581 un cazador y su hijo le encontraron tendido sobre la tierra, cubierto de sangre. Le recogieron, le cuidaron y le dieron cobijo en una cueva perdida en los Montes de Guadarrama. Tras catorce lunas el Redentor y el cazador hablaron y se despidieron.

-¿No va a preguntar qué ocurrió? – dice el Redentor

- No es asunto mío hijo - le contesta el cazador

- ¿Por qué lo hizo, porque me recogió? podría haberles robado.

- Hubieras muerto. La vida solo merece la pena ser vivida de forma honrada, incluso cuando ello conlleva riesgos. Si somos indiferentes al dolor que nos rodea, nada nos diferencia de las bestias que pueblan los montes.

Hay un silencio.

- ¿Cree en los ángeles? – dice él

- Hijo...no tengo la respuesta que buscas...anda ve – le dice golpeando su hombro.

El Redentor se marcha caminando con un morral al hombro. Se alejó del lugar. Atravesó llanuras, encinares y dehesas en dirección a Madrid. Entonces anocheció. Frente a una pequeña hoguera le saca punta a una rama. Se corta y la sangre mana abundante. Cuando se dispone a lamer la sangre, la herida se cierra. El porqué no lo sabe. Desde esa noche podía correr sin desfallecer, cortarse sin sangrar, cruzar desfiladeros de un salto y moverse tan rápido como el viento. Esa noche comenzaron las visiones...

III

Camina por el Cementerio de San Justo cuyos muros vio levantar sobre el Cerro de la Ánimas. La pena parece perderse entre las lápidas, entre las piedras de los que fueron. Cerca de estos cipreses descansan en paz ilustres poetas que llenan de versos sus horas muertas. Larra, Espronceda. En el principio era el verbo.

IV

Se despierta de madrugada. Esta noche las pesadillas le torturan. ¿Cómo puede dormir quien ve el rostro moribundo de su hermano en cada sueño? ¿Cómo puede amar quien no está vivo ni muerto? No puede, pero puede llevarle rosas, mirarla como quien anhela una estrella o un dios lejano. La imagen de Lucía le calma. Hoy se cruzó con ella en la Plaza Mayor cuando regresaba del cementerio. Tropezaron por azar. La antigua estilográfica con la que él escribe cayó al suelo, se miraron, se pidieron disculpas, se miraron y ella hablo.

- ¿Nos conocemos de algo? – pregunta ella

- Creo que somos vecinos – dice él

- ¿En serio? Siendo así, me permitirá invitarle a un café para excusar mi torpeza...

Cómo decirle que no. En una cafetería cercana alguien les sirve dos cafés. Él deja sobre la mesa la estilográfica dañada. Una antigüedad incomparable de 1901.

- Espero que no fuera una pieza única o algo por el estilo. Si es así no tiene mas que decirme cuanto le costó – dice ella

- No tiene importancia, créame. Tengo varias en casa como esta – miente él.

- Pues parece una pieza antigua y valiosa.

- Si, hoy día es fácil imitar las cosas antiguas.

- Dice que somos vecinos...

- Así es. Vivo enfrente de su balcón, en el ático desde hace mas de diez años. Pero no hago mucha vida social.

- Llevas media vida en ese ático y nunca nos hemos visto.

- Así es la vida moderna.

- Es cierto, puedes pasarte años en un lugar y conocer mejor a tu profesor de Japonés por internet que vive en Tokio.

- El mundo global lo llaman.

- ¿Lo llaman? ¿Eres de esos que parecen ajeno a todo? ¿Eres un bohemio?

- Podría llamarse así. Soy escritor

- ¡De verdad! ¿y qué escribes?

- Relatos, cuentos...pequeñas historias.

- ¿Sobre qué tratan?

- La mayor parte hablan de historias tristes, de personajes que desperdician sus vidas entre la ambición y el odio. Otras hablan de ese mundo cercano a nosotros pero que la desesperanza nos impide ver.

- ¿De qué mundo hablas?

- Si te lo dijera te reirías de mi.

- Inténtalo. Puedo ser muy sería cuando me lo propongo.

- Está bien, toma uno de mis libros.

Ella observa el título. “Sombras del pasado”

En ese momento el Redentor tiene una visión dolorosa y se lleva levemente una mano a la cabeza.

- ¿Te ocurre algo? – pregunta ella

- He de irme – dice él

- ¿Te encuentras bien?

- No es nada, gracias por el café.

- Nos vemos - dice ella mientras el Redentor sale del café.

V

Pasan los días, las noches. Una vela alumbra el desván de la Plaza Mayor. Una figura que una vez fue un hombre lee versos de Jorque Manrique.

Ved de cuán poco valor

son las cosas tras que andamos

y corremos,

que, en este mundo traidor,

aun primero que muramos

las perdemos

Esta solo. ¿Cuánto hace que no escucha su nombre? Lee versos, escribe y espera. El mobiliario es escaso. Una cama, un cuadro de Murillo que representa a Cristo crucificado, una mesa, una silla, una espada ropera y montones de códices y viejos libros amontonados en el suelo. Cae la tarde. Lucía sale al balcón para regar sus rosas. Él la mira. Le recuerda al ángel que una vez le habló. Es hermosa. Una visión cruza se mente y después otra. Cierra los ojos de dolor. Un hombre con una katana hiere mortalmente a otro. Se aleja riendo. Un edificio alto, un rascacielos, en el norte de la ciudad. Piso 31. El dolor desaparece.

Envaina la ropera en su levita negra. Salta desde el balcón para alcanzar el empedrado de la Plaza Mayor. Está en camino. “Cuantas noches mas” se pregunta. Esta noche camina atormentado hasta llegar a su objetivo. Una calle tras otra. El rascacielos de las visiones esta ahora ante él. De una patada rompe la puerta de cristal que estalla en pedazos. Un vigilante tras la recepción se levanta y él desenvaina. El vigilante dispara al aire una vez. Él sigue caminando. El vigilante le apunta con su arma y dispara dos veces. Con dos gestos precisos la toledana desvía las balas. El vigilante no cree lo que ve. Tira el arma y huye. Llega al ascensor. Piso 31. Una videocámara se mueve y le observa mientras asciende. Se abre la puerta. Aparece un amplio despacho de grandes ventanales. No hay nadie, solo una nota en la mesa.

“Te espero en la azotea”

Toma el ascensor. Último piso. El viento de la noche le recibe. Una figura le espera. Porta una katana. Todo Madrid se extiende en el horizonte.

- ¿Quién eres? – pregunta el asesino

- Eso no importa

- ¿Porqué quieres matarme?

- No quiero matarte sino salvarte.

- ¿Salvarme de qué?

- De ti mismo.

- ¿De qué coño hablas?.

- Asesinaste a una persona de buen corazón.

El asesino le mira confuso.

- ¿Cómo puedes saber eso? Estaba solo cuando le maté.

- Digamos que tengo contactos ahí arriba.

- Merecía morir.

- Nadie te ha otorgado el poder de aniquilar almas.

- ¿Almas? Ja...Yo no vi ningún alma

- Será que la estupidez te ciega. No es prudente despreciar aquello que se desconoce. Acaso te crees mas sabio que aquel que creó el cielo que te rodea.

El asesino observa la ropera del desconocido, extrañado, dudando.

- Veo que te gusta jugar con espadas –dice el asesino

- No tengo elección.

- Ahora tendré que acabar contigo. Sabes...esta katana es como mi propio brazo. Puede cortar una barra de hierro. Practiqué con ella durante años con los mejores maestros orientales. Intentaré ser rápido – alardea el asesino.

- Años. Nunca sabrás lo que es tener una espada como única compañía durante siglos.

- Creo que eres un fanfarrón.

El asesino comienza a acercarse lentamente describiendo un círculo con la guardia alta. Él le espera con la espada caída. Entonces el asesino ataca. Larga un golpe alto que la ropera detiene. El asesino da un paso atrás mientras ataca de nuevo con un golpe medio. La toledana vuela, rompe en dos el filo de la katana y larga una estocada certera al corazón. El asesino cierra los ojos de dolor y cae al suelo. Al alba será otro hombre.

- Tenía razón. Ha sido rápido.

Camina de regreso a su desván. Sus pensamientos le acompañan. Vagamos por este mundo sin comprender nada y nos perdemos en las sombras. La Biblia enseña el camino, la luz. Pero él ha visto obispos quemar inocentes en nombre de su Dios. Aún puede oír los gritos en sus pesadillas. El infierno es este mundo. La mano del ángel caído es alargada y no tiene piedad.

VI

Son las once de la mañana. Compone sombríos versos en su desván. Su estilográfica se detiene cuando alguien golpea la puerta.

- Adelante. Está abierta – dice convencido de que es el conserje que le sube el correo.

Lucía abre lentamente y entra.
- ¡Hola! – dice suavemente intentando ser amable.

Él reconoce esa voz y no sabe que decir.

- ¡Hola! No te esperaba – dice torpemente pero suena falso.

- Te devuelvo tu libro. Puedo pasar – dice ella enseñando el libro.

- Esta todo desordenado – dice él

- Soy maestra. Estoy acostumbrada al desorden – dice ella caminando - ¿escribes en esta mesa?

- Si, en esa mesa – dice él

Ella coge un libro.

- Asi que aquí te escondes del mundo – dice ella.

- Es mi pequeño refugio – dice él.

- ¿Vives solo? – pregunta ella

- Sí solo – dice él

- No tienes familia – dice ella.

- Todos murieron – dice él

- ¿Practicas esgrima? – pregunta ella tras ver la toledana.

- Me ayuda a pensar – dice él

- ¿Qué estas escribiendo ahora? – pregunta ella

- Un cuento sobre un hombre que debe salvar otras almas para poder morir algún día – dice él mirando a los ojos a Lucía.

Ella aparta la mirada.

- Parece interesante ¿me dejarás leerlo? - dice ella.

El no sabe que decir. Un silencio incómodo les separa.

- Sabes he leído tus cuentos. Tenías razón, son muy tristes – dice ella.

- Me cuesta encontrar algo alegre sobre lo que escribir – dice él.

- Pero tienen algo...no sé...parecen mas unas memorias que una serie de cuentos – dice ella.

- Intento que los relatos tengan alma, describir los detalles y esas cosas – dice él.

- No te gusta hablar mucho de ellos – dice ella.

- Me ayudan a sobrevivir, a olvidar, nada mas – dice él

- Pues a mi me gustan – dice ella.

- Eres muy amable – dice él con media sonrisa - Hablemos de tí.

- No hay mucho que contar. Soy maestra en una escuela infantil. No tengo hijos y no me hablo con mi familia...muy triste como en tus cuentos...aunque los niños son un encanto. Sueño con el día que encuentre a mi príncipe – dice ella sonriendo.

- ¿Aún crees en los sueños? – dice él

- Sabes...son los sueños los que nos mantienen vivos. Te has preguntado porque los niños son capaces de superar los traumas mas horribles; porque nunca dejan de soñar. Si no pensara que algún día se cruzará en mi camino alguien con quien tomar un café, hablar, pasear o compartir una noche de cariño la vida no merecería la pena. Si dejamos de soñar enloquecemos – dice ella

Él la mira...

- Asi que ése es el secreto - dice él

- ¿Qué secreto? – dice ella

- No dejar de soñar a pesar de todo. El secreto para no caer en la desesperanza, en el crimen o el suicidio – dice él.

Ella le mira asintiendo pero extrañada. Él comienza a mover algunos papeles sobre la mesa.

- Lo siento te estoy entreteniendo – dice ella caminando hacia la puerta– nos vemos pronto si te parece bien.

- No creo que sea buena idea – dice él pero su mentira suena hueca, vacía, triste.

Ella se detiene junto a la puerta unos segundos y después cierra despacio.

VII

Está sentado en un oscuro y perdido tejado de Madrid. Alguien con manos de virtuoso lleva horas tocando el piano. Los nocturnos se suceden. Él escucha bajo el cielo estrellado. La lectura y estos conciertos inesperados son los únicos placeres que se permite. Con el tiempo se aprende a amar el arte. Ese mundo donde el alma puede escapar por unos momentos. Por estas calles ha visto pasar a Lope, a Quevedo, a Bécquer, a Larra, a Valle Inclán y tantos otros. El poeta muere pero su alma permanece. El piano se detiene, deshaciendo el hechizo.

En ese instante comienzan las visiones. Se agarra la cabeza con fuerza como si un jirón de espinas le atravesara. Ve una calle estrecha mal iluminada. Una puerta de madera. Una cámara con velas. Una mujer, Lucia. Cautiva bajo el arma de un hombre de traje negro. Ve una calle y un número. Entonces maldice el día en que nació. Está en camino. Lucia... por qué Lucia.

Salta de tejado en tejado. Una sombra entre las sombras. De repente una figura embozada en una capa le corta el camino. Solo muestra la mitad de su rostro. Porta una espada ropera de guarnición de lazo. Sus ojos son rojos y su larga melena blanca. Vampiro o demonio, que importa, solo un miserable mas.

- Dicen que las balas no pueden alcanzarte – habla el embozado.

- Eso dicen

- Veamos que puede hacerte el acero.

Cruzan sus espadas y comienza una danza macabra en los tejados del viejo Madrid. Ambos son maestros de la Verdadera Destreza. Ambos han visto pasar los siglos. Durante largo tiempo se lanzan estocadas, se suceden los pasos del arte del acero. Uno de ellos cometerá un error. En esta ocasión es el embozado. La toledana dibuja un fino corte sobre su cuello y la cabeza rueda por el tejado.

El infierno le espera. Él prosigue su camino de tejado en tejado hasta llegar a una tétrica puerta de madera, en una calle mal iluminada. Una patada y la puerta cede. No hay luz. Avanza por una estrecha escalera que desciende. La total oscuridad le perturba pero este es el camino marcado por las visiones. La escalera da paso a un espacio abierto por el que avanza a tientas. Su espada se alza. Una bestia del averno se abalanza silenciosa desde el techo con los ojos enrojecidos. Su pestilencia le ha delatado. En un giro imposible el Redentor corta en dos el cuerpo de la criatura, que cae a la fría piedra con un agónico gruñido.

Un velo de seda negra oculta una cámara. Rompe la seda. En la cámara, una gruta iluminada por mil velas, Lucía yace drogada a los pies del brujo que se alza en mitad de un círculo con un extraño símbolo ensangrentado en su interior.

- Que pena que una espada como la tuya sirva a un dios tan inútil – habla el brujo.

- La alternativa no me seduce – dice él

- Si le conocieras no dirías eso.

- Pero si llevo siglos limpiando su basura. Le conozco muy bien.

- Exacto, su basura. Él te daría algo mejor que quinientos años atravesando miserables y locos.

- Una vez me engaño. Puso tierras en mis sueños y por ellas maté a mi hermano. No volveré a vender mi alma. Nada puede ofrecerme aquel a quien adoras.

- Ni siquiera la vida de esta pobre muchacha.

- Ella nada tiene que ver en esta batalla.

- Pues ahora es la reina del tablero. Su vida por la tuya. Atraviésate el corazón y ella vive. Intenta acercarte y jaque mate.

- Si la tocas te haré tanto daño que lamentarás existir.

El brujo saca una pistola de su traje negro y apunta a la cabeza de Lucía al tiempo que pronuncia unas palabras en un lenguaje olvidado. Él reconoce esas palabras. Es un conjuro dispuesto alrededor del círculo. Si algo intentara traspasarlo ardería como los abismos del infierno.

- ¡¡Tu corazón!! - ordena el brujo cuyo dedo tiembla en el gatillo.

“Señor misericordioso guía mi espada”

En un instante la toledana es lanzada en el aire como un rayo y atraviesa el mar de velas. Al entrar en el círculo la espada arde. Comienza a derretirse como el hierro en la fragua. Entonces alcanza el corazón del brujo fundiéndose como la cera...hasta desvanecerse. El brujo cae al suelo no sin antes disparar su arma sobre el brazo de Lucía. Al alba su alma habrá abandonado las garras de su oscuro dios. Las quemaduras de su cuerpo le recordarán lo que una vez fue.

Lucía murmura incomprensible y parece despertar. Él la coge en brazos y ella abre los ojos. Lucía le mira y le susurra cansada, ensangrentada.

- Gracias

Lucía le besa en los labios.

Alcanzan la puerta de entrada sobre las estrellas y la luna menguante. Él asciende por la fachada entre balcones y ventanales. Con Lucía en brazos corre, vuela, de tejado en tejado sobre la noche hasta llegar al balcón de Lucía. Abre el balcón y deja a Lucía sobre su cama. Hay rosas secas en los jarrones y notas sin abrir. Él se quita la camisa y con ella presiona la sangre del brazo de Lucía. Ella se sienta en la cama y ambos se miran.

-¿Te duele? – pregunta él.

- Un poco... ¿porqué no me lo contaste? – dice ella

- No tenía derecho, no merezco ser amado – dice él.

Se miran de nuevo y ella le besa. Se abrazan. Entonces él pronuncia un quejido de dolor intenso y se lleva la mano al corazón. Cada momento que pasa el dolor se hace insoportable. Lucía le mira y los dos entienden. Se está muriendo. Tras cientos de años se muere. Lucía le ha redimido. El amor de Lucía le ha salvado. Él posa su mejilla en el vientre de Lucía y la abraza suavemente para morir.

Aquel día pago su pena.

Cuentan los antiguos manuscritos que el hombre es un títere que se tambalea entre el amor, la codicia y la muerte. El amor es el único camino que nos queda. El amor a una mujer, el amor a un hijo, a un hermano. El amor a la naturaleza, al arte, al conocimiento, el amor a un ideal. Siempre es el amor quien nos salva. El resto solo es codicia y muerte. Se engaña quien no quiera verlo. A nosotros, mortales arrojados a la crueldad del mundo sólo nos queda creer que así es y esperar soñando el designio oculto de los dioses.

Todo está cumplido. Su día ha llegado. El sueño eterno. La paz eterna.

VIII

Las gentes de Madrid hablan de una tumba olvidada, sin nombre, en el Cementerio de San Justo. Una tumba donde una vez al año, alguien deja una rosa, una nota cerrada y algunas páginas roídas de viejos cuentos y salmos.

© Miguel Ángel F. G. - Todos los derechos reservados.

Notas del autor:
- Sobre esta obra existe un guión cinematográfico. Si eres director o productor puedes ponerte en contacto con el autor para conocer el guión.
- Si eres productor o autor de cómic y te interesa trabajar basándote en el personaje de El Redentor puedes ponerte en contacto con el autor.

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